Una de las noticias del día en la etapa 17 del Tour de France fue el calvario de Adam Yates. El ciclista británico de UAE Team, se descolgó promediando la jornada, intentó viajar en la grupeta de sprinters y terminó rodando con un compañero, por delante del coche escoba. Enfermo, salvó la jornada.
Mientras se decidía el destino de la fracción, Yates padecía en cámara lenta. UAE retrasó a Tim Wellens para tirar de él y, finalmente, el inglés cruzó por el arribo a 26:36, casi en el último lugar de la clasificación. Luego se supo que estaba enfermo desde hacía un tiempo y su cuadro empeoró durante la crono del martes.
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Aunque Yates nunca estuvo en riesgo por el tiempo límite -39:49- su condición dista de ser la ideal de cara a cumplir con su función de gregario en la montaña para Tadej Pogacar. Pese a todo, se priorizó que siga en la prueba por si revierte el cuadro.
“Adam estaba enfermo ayer y sufrió como un perro. Hoy en la mañana parecía estar mejor, comió y todo, pero cuando el día previo lo pasaste tan mal, lo pagas al siguiente”, explicó el propio Pogacar. “Espero que no haya entrado en la zona roja y esté mejor”, añadió.
La fragilidad del pelotón y el aislamiento sanitario
Una muestra más de la fragilidad que los corredores tienen a lo largo de un evento brutal y del enorme mérito que tiene siquiera terminarlo. También es evidente que para prevenir problemas adicionales en UAE lo tendrán aislado.
Eso justifica las mascarillas que se le vio usar a Jonas Vingegaard o a Paul Seixas, porque los vueltómanos están tan exigidos que sus organismos están al límite. Nunca se sabe por dónde llegará el problema, amén de caídas como las que ya sacaron del Tour a Jonas o a Florian Lipowitz.
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Está por verse si Yates revierte el cuadro o si por el contrario, intenta partir mañana y luego acaba abandonando. Una baja sensible para UAE, porque aún si continúa se antoja ilógico que pueda ofrecer sus vatios de siempre cuando hoy apenas podía sostenerse en el llano.
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